#4 carta
de momento, enero
Buenos días, amigas de esta cocinita virtual,
Os escribo desde la biblioteca, espacio que empecé a ocupar cuando llegó el invierno a Madrid y al que he vuelto, ya no tanto por necesidad térmica, sino más bien por necesidad mental. Estoy viniendo incluso para leer por gusto. Igual os pasa algo parecido, pero cuando estoy en casa en momento no puedo más con mi vida necesito no hacer nada y freírme el cerebro un rato, me hundo en mi yo digital. Entro en un bucle de culpa y martirio en el que me odio a mí misma por no poder dejar de ver a gente hablar de cosas que no me interesan para luego rendirme y echar media hora más haciendo scroll porque ya que he perdido el tiempo, mejor entregarme del todo.
Cuando salgo de ese pozo, os prometo que soy más compasiva conmigo misma. La culpa es una especie de vía de escape que tengo acotada a momentos muy concretos, intento-espero que cada vez más separados entre sí. Toda la presión sale de una y luego reaparezco en el mundo como una pequeña cervatilla en primavera preparada para correr sobre hierba recién brotada. Ayer fue día de atrapada, así que hoy estoy en uno de esos momentos de optimismo insoportable. Y en días como hoy suelo ver encantador hasta el venir a una biblioteca a leer porque mi casa es tan pequeña y fría que el único sitio donde puedo leer es mi cama y como ya he dormido, desayunado, llamado a mi madre y escrito un artículo sobre kiwis metida en ella, leer se convierte en una misión imposible. Pero todo bien. Siento que estoy escribiendo frases demasiado largas. Debe de ser el optimismo. Perdonad.
Estoy leyendo a Lefebvre. “La revolución urbana” (1970). Me está encantando este señor que habla de urbanismo como si lo hiciese de filosofía, poesía, sociología y teoría política. Todo a la vez. Mirad qué bonito.
¡Qué espacio paradójico es aquel en el que la paradoja se convierte en lo contrario de lo cotidiano! La monumentalidad se difunde, se desarrolla, se condensa y se concentra por doquier. Un monumento va más allá de sí mismo, de su fachada —si la hubiera—, de su espacio interior. Lo propio de la monumentalidad es, generalmente, la altura y la profundidad, la amplitud de un espacio que desborda sus límites materiales.
Al mismo tiempo me deprime pensar que hace más de cincuenta años ya se dijo todo lo que se tenía que decir sobre el camino al que nos llevan las ciudades urbanas. Para sorpresa de nadie, ese lugar se parece bastante a mi descenso al inframundo digital que os estaba describiendo antes. Igual si quien debía leer a Lefebvre lo hubiese hecho en su momento, no me encontraría yo en estos ascensores anímicos. Os dejo otro fragmento que podría haber escrito cualquiera de nosotras un lunes antes de ir a trabajar en metro.
Al ser regla común el desarraigo generalizado y las separaciones, un malestar general corre parejo con la satisfacción producida por la idiología, el consumo y el predominio de lo racional. Todo se hace calculable y previsible, cuanticable y asignable. Todo debe desarrollarse en el orden (aparente y ficticio) fortalecido por las coacciones.
Leído esto, me aburro hasta a mí misma. No es que tengamos que decir algo nuevo. Me gusta repetirme y repetir a lxs demás hasta que formen parte de mí misma. Es que me aburre pelearme todos los días contra el mismo malo de siempre. No me importaría pelearme si esto se pareciese más a un videojuego. Me cargo a un malo, viene el siguiente. Uno distinto. Con nuevas armas y explosivos, con unos poderes mágicos que tengo que desifrar para vencerlo. Chica, no sé, algo más fresco, un poco de novedad. Pero lo del capitalismo y el sistema neoliberal como que ya está muy manido, no?
Como bálsamo os dejo este disco que he escuchado un par de veces a lo largo del día. Tiene un rollo Lana del Rey meets Smerz que me gusta bastante y que me relaja y también me pone un poco triste, aunque eso no suela molestarme. No sé cómo decir sin dejar mal el álbum que acabo de recomendar que a veces me gusta escuchar cosas que no me encantan. Este disco no me encanta, pero me gusta que suene mientras transcurre el día. Como las bandas sonoras de las películas normales. Están ahí y acompañan y quedan bien. Este disco me hace sentir un poco así. Hace un poco mejor este rato que estoy pasando, pero no lo paraliza.
Porque cuando un disco te paraliza. Ffffffffua. Todo a grande. Sin frenos. Eso sí que me encanta, claro. Pero pienso que no me ocurre tanto como antes. Echo mucho de menos escuchar música como cuando tenía quince años. En serio. Pienso recurrentemente en esa sensación que no he vuelto a sentir de la misma manera nunca. Esa forma en la que la música te impactaba como si estuvieras frente a un túnel de aire a todo lo que da. Una escucha trascendente. Joder, cómo sería un disco ahora que me cambiase la vida. Porque era más o menos así. Nada volvería a ser igual tras esas canciones. No serías la misma porque se habían incrustado en tu adn. De echo, ya formaban parte de ti antes de escucharlas. Todo lo demás que me construyó como persona durante la década del 2010 fue traumático, pero lo que hicieron las canciones de Biffy Clyro descargadas en el iPod que Martina y yo nos encontramos en el parque es de las pocas cosas por las que pagaría para volver a sentirlas. Voy a ver a Biffy Clyro la semana que viene, por pura nostalgia, porque no me voy a saber ninguna canción que toquen de los últimos tres discos. Pero como suene Living Is a Problem Because Everything Dies os escribiré de nuevo y os contaré si la memoria es capaz de guardar todo eso en algún lado.
Que esto no ocurra tanto como antes es una cagada porque igual no soy tan profunda como me creo. Lo que sería todavía peor porque toda mi personalidad se basa en ser una profunda de mierda. El conocimiento es mi droga y me jacto de ello. Qué le puedo hacer. Todo esto es mentira. O no. Es verdad, pero intento superarlo y ser profunda pero ligera. Otras veces me acuerdo de todas las veces que un tío ha sido profundo sin además serlo en realidad y ni ligera ni hostias. A partir de ahora voy a ser como Laxe. Sé que esto es mentira también. La autoconsciencia y el sentido del ridículo siempre han ocupado el mismo espacio que la profundidad. Por esto me gustan las mujeres. Conocer el lugar que ocupas y utilizarlo a tu favor es tan sexi. No hablo de vergüenza. Hablo de saber colocar esa profundidad y expandirla en su justa medida. Sexi. La gente que sabe de lo que habla pero no suena inaccesible. Hot x100000000.
Suelo tener miedo a una anestesia emocional crónica que se me suele pasar una vez lloro. No estás muerta.
Solo cansada.
Nunca volverás a escuchar música igual porque, por suerte, nunca estarás tan perdida como entonces. Por suerte también, siempre se seguirán haciendo discos que pongan tu vida del revés, aunque sea solo por un momento. Straight Line Was a Lie me tiene boca abajo desde que lo escuché hace un par de semanas. Solo melodías. La voz de Elizabeth Stokes es acertada todo el rato. La tía. Es un disco que me parece de todo menos pretencioso y eso me encanta. Es divertido, es acogedor, es inteligente.
Qué maaaaaaaás. Quiero seguir contándoos cosas chulas, pero ya es viernes y estoy como si estuviese en el cole y solo quedaran veinte minutos para que suene la campana. aaaaaaaaaaaa. Sabes que durante esos veinte minutos no vas a poder hacer nada de provecho porque todo lo que va a pasar durante el fin de semana está contenido en esos veinte minutos. Está esperando a que suene la campana para explotar y ocurrir ya mismo. BUM. Cine, latas, comer en el suelo de casa porque hay tanta gente en el salón que no cabemos, dormir tarde, reírme muchísimo, estar todo el rato con mis amigas, resaca, bailar, un cóctel o dos. No existe instagram. Todavía no has escuchado el disco que te cambiará la vida. Tu madre te ha hecho un bocadillo y es viernes. Sabes que es de nocilla.
Que paséis buen finde, queridas.
Nos leemos pronto.



No me puedes caer mejor.